¿Les explico mi postura? Porqué creo que la manifestación es una aberración

Venga por delante que creo en la libre emisión del pensamiento. Creo también en el derecho que las personas tienen a manifestar y dar su opinión en torno a temas tan variados y controvertidos como la vida, la religión, la política y demás. Venga también por delante que no practico la religión católica, no creo en la religión organizada, creo en Dios, en un Dios vivo y amoroso que nos ama, nos perdona y tiene planes de vida para cada uno de nosotros. Vale también contarles que, aunque moderado y con un alto sentido de los grandes problemas sociales a los que se enfrentan las grandes mayorías, creo en la libertad y el mercado como únicas vías de desarrollo sostenible. Gracias a las oportunidades que me ha dado la vida, he podido ver de cerca ambos extremos de la pirámide social y económica del país: mucha riqueza, obscena en algunos casos, y mucha pobreza, desgarradora e inaguantable en la gran mayoría de casos.

Creo en mi país, creo en Guatemala y en su gente. Creo que vivimos en un país maravilloso, repleto de gente buena, trabajadora, honesta, esforzada y valiente. Creo que nuestros peores enemigos son la división, la indiferencia y la apatía, no por falta de sensibilidad en la gran mayoría de casos, sino empujados emocionalmente por aquellos que desean ver a este país caer antes de sentarse a conversar en una mesa y encontrar salidas justas, reales, ejecutables y consensuadas a los grandes desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad.

Creo en el ser humano, en el valor intrínseco de la persona, ese que no se mide por tamaño de billetera, religión, condición social de ninguna clase, educación, color de piel, ideología política ni nada más. Creo que la persona humana vale por el simple hecho de ser persona.

Todo esto lo expreso porque el día de hoy, después de haber recibido por años cualquier cantidad de insultos, ofensas y demás por causa de lo que hago en favor de las Personas con Discapacidad de mi país, el día de hoy fui bautizado como «desestabilizador social» precisamente por una de estas Personas con Discapacidad. Me gané ese maravilloso y honroso título porque compartí en mi Facebook personal una iniciativa que busca firmas para la destitución del Procurador de los Derechos Humanos de mi país, el Lic. Augusto Jordán Rodas Andrade. Una iniciativa que considero justa y válida, no a la luz de su «presencia» en una reciente manifestación – porque él insiste que no participó, siendo un funcionario público que tiene todos los recursos a su alcance para saber a donde iba a meterse – sino a la luz de una postura que ha sido claramente contraria a los valores de humanidad, tolerancia, conciencia e imparcialidad que un funcionario, especialmente uno en su posición específica, debe ejercer. El Lic. Rodas se ha dado a la tarea de ser un promotor de una agenda divisionista y conflictiva que en nada le hace bien al país y le da fuerza a ese tremendo mal que nos mata como sociedad: la división.

En las mismas redes sociales vi muchos mensajes de gente que se reía o burlaba de aquellos que se escandalizaban por las escenas de una vulva por las calles, así como también comentarios de personas que, en su justo derecho, defendían su religión frente a lo que consideran una falta absoluta de respeto a sus tradiciones y liturgias. Mi caso no es ninguno de los dos, no me escandaliza la imagen de una vulva ni defiendo una religión en específico. Lo que sí defiendo es el valor de la mujer, valor que no puede ser reducido a una simple vulva, porque no es eso lo que las hace valiosas y diferentes. Que las mujeres busquen sus espacios y peleen por los derechos que consideran les son vulnerados me parece correcto y hasta loable. Lo que me parece una tremenda estupidez es no reconocer que la mujer vale por su corazón, por su coraje, por su valentía, por su disciplina, por su sensibilidad, por su inteligencia, por su capacidad y no por su vulva. En mi vida hay mujeres sumamente valiosas, pero ninguna me genera tanto anhelo de luchar por un mundo en donde las mujeres sean tratadas con respeto y valía como mis dos hijas. Decirles a ellas que lo que las hace diferentes es su vulva me parece una bajeza difícil de asimilar. Ellas valen por lo que son, no por como se ven sus cuerpos. Valen por lo que aporten a su familia y sociedad, no porque son portadoras de una vulva. Ellas valen por su cerebro, por su capacidad, no por una elección de la naturaleza que las hizo nacer diferentes a los hombres.

No me considero un «desestabilizador social», aunque a veces me gustaría serlo, porque desestabilizar algunas estructuras sociales tan arraigadas en nuestro país no estaría del todo mal. Creo en la tolerancia, no en el insulto, como la única vía para encontrarnos como sociedad. Creo en la unidad, no en la división que hoy se promueve, especialmente por grupos de «socialistas de caviar» que hablan del ser humano y es lo último que les importa. Creo en mi país, en su gente y en que todos juntos somos co-responsables de construir la sociedad que anhelamos. No se trata del gobierno solamente, no se trata de las autoridades solamente, se trata de cada uno de nosotros y del valor que debemos tener para salir del campo del espectador o crítico – las redes sociales hoy en día están llenas de esos – y meternos a la cancha a jugar ese juego en contra de la indiferencia y apatía. Como lo dijo un amigo paraguayo al que quiero muchísimo: las diferencias no son malas, lo malo es la indiferencia. Le agregaría que lo malo no son las diferencias, es la falta de tolerancia y división que se genera a partir de dichas diferencias. Guatemala y su gente necesitan voltear los ojos hacia aquellos muchos ejemplos positivos de trabajo y esfuerzo que muchos hacen diariamente y que construyen patria, dejar del lado la división y regresar a las raíces de lo que somos: un país de gente que se preocupa por la gente.

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