Pocas veces hemos visto una reacción tan decidida, categórica y unánime como consecuencia de la aprobación de un Presupuesto General de Ingresos y Egresos de la nación como la vista a partir de la aprobación de la versión 2021 del mismo. Más allá de corrientes políticas, de gustos personales y de afinidades colectivas, quisiera compartirles mi visión personal. Vaya por delante que independientemente de lo que pienso y siento, creo que el orden constitucional y el espíritu democrático deben prevalecer por sobre todas las cosas. Además aclarar que este comentario lo hago a absoluto TITULO PERSONAL, y no necesariamente representa la postura de ninguna de las organizaciones o instancias a las que pertenezco y en las que me muevo.
Empecemos por responder a la pregunta: ¿para que sirve el Presupuesto y los recursos que allí se asignan? A mi entender, los recursos que se asignan y ejecutan -oh sorpresa, al Ejecutivo le toca ejecutar– deben servir directa y exclusivamente para el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos. La razón de ser del Estado en su conjunto, de los burócratas y de todas aquellas personas u organizaciones que reciben recursos del pago de impuestos de los ciudadanos es la de MEJORAR LA VIDA de dichos ciudadanos. De lo contrario, esos recursos son ineficientes y sirven poco más que para poner dinero en las manos de un pequeño porcentaje de la población. De ese pequeño porcentaje hay aquellos que se lo han ganado con trabajo honesto, decidido y eficiente; y también los hay de los que han visto, y ven, al Presupuesto de la Nación como un botín que toca repartir. Conozco a varios de éstos, algunos inclusive que han logrado «babosear» a mucha gente -me incluyo- por años, y a otros nuevos que con piel de oveja son los lobos más feroces y salvajes que podamos imaginar.
Entonces, si los recursos deben servir exclusivamente para el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos, ¿como saber si esos recursos están siendo eficientemente utilizados?. Sencillo: viendo el nivel de vida de los guatemaltecos, especialmente en aquellas áreas en donde el Estado debería estar involucrado, y señalando aquellas otras en donde no tiene nada que hacer. Le pregunto querido amigo y amiga: ¿Hay mejor calidad de vida hoy de la que había ayer? ¿Hay mejor infraestructura y servicios de salud? ¿Los niños tienen mejor y más amplia educación? ¿Hay menos niños desnutridos? La respuesta es NO, y ojo, que esta caída en los índices de calidad de vida que se miden en el país, viene de más o menos del año 2006 en adelante. O sea, desde hace 14 años que los presupuestos han servido prácticamente para pagar burocracia, favores políticos y poco más que eso. ¿Quienes de ustedes seguiría pagando a una empresa que le ofrece un servicio y que lejos de dárselo, lo que hace es cobrarle para mantener una planilla y los gustos y «desarrollo económico» de quienes la dirigen? Pues en eso estamos desde hace muchos años. En manos de unos politiqueros que no entienden de eficiencia, de resultados, de ahorro, de mejora en el manejo del dinero -que por cierto no es de ellos- y se dedican a repartir esos MILLES DE MILLONES de quetzales de forma opaca y tonta. Si, tonta.
Entonces, el gran problema de la aprobación del Presupuesto 2021 NO es la distribución -si esa es su preocupación, con mucho respeto me permito pedirle que analice de forma más profunda la realidad- sino la cantidad, el uso y sobre todo, los resultados esperados a partir de un sistema que consume dinero como un barril sin fondo. ¿Hasta cuando vamos a seguir manteniendo burocracia ineficiente? ¿Hasta cuando pactos colectivos abusivos? ¿Hasta cuando mantener la bolsa de personas sin escrúpulos que ven en la política una forma de salir de precarias situaciones económicas o ampliar fortunas mal habidas? Lo que se necesita es un análisis técnico, serio y desapasionado que permita que los recursos lleguen en tiempo y forma a quienes debe llegar, y que al final del día MEJOREN LA CALIDAD DE VIDA de los ciudadanos.
El descontento visibilizado el fin de semana pasado no es una simple llamarada de tuzas. Es un descontento real, profundo y justificado, de una ciudadanía que se ha cansado de vivir en condiciones precarias, a costillas de unos cuantos que deciden cómo, cuánto y a quién darle dinero que no les pertenece. Querer acallar esas voces críticas con mensajes confusos y falsos, como por ejemplo decir que el presupuesto actual es mayor al presentado -lo es después de las modificaciones hechas al original, a partir de haber adquirido una deuda histórica- o decir que la aprobación del mismo fue transparente -cuando vimos a un imitador de Cantinflas leyendo el proyecto de presupuesto a toda velocidad- es simplemente querer taparle el ojo al macho.
La derecha de este país debe levantarse en contra del conservadurismo de algunos, del acomodamiento de otros y de las pillerías de los de siempre, porque vamos camino a convertirnos en un país insostenible, caldo de cultivo para que surjan movimientos y personas aprovechadas que, con un discurso populista y oportunista, aprovechen la coyuntura para su beneficio y entonces si, perder la institucionalidad y espíritu democrático que la gran mayoría de guatemaltecos respeta. ¿Queremos mejores instituciones? Necesitamos mejores políticos, que al final del día son las que las dirigen. ¿Mejores políticos? Toca renovar, dar espacio a nuevas personas y luchar incansablemente, sin banderas ni ideologías obsoletas, por construir un sistema político que de paso un país en donde quepamos todos. Se puede, pero tocará luchar con uñas y dientes. Guatemala lo vale.