«Niñas con pañales y un país que prefiere memes: ¿hasta cuándo?

Cuando mi hija menor llegó a los 19 en octubre pasado, tiré definitivamente los pañales al carajo y brindé con un café negro por sobrevivir la etapa de los berrinches. Pero mientras yo celebraba, me cayó como balde de agua fría que en 2024 hubo 1,298 niñas de 14 o menos en Guatemala que se convirtieron en mamás, no porque se les antojó, sino porque algún miserable les robó la infancia a punta de violencia. Más de 37,000 embarazos adolescentes en un año, y nosotros aquí, haciendo memes del Congreso o peleando por el precio del güisquil. Esto no es un ‘pues ni modo’, es un desastre que empieza en casa y nos está explotando en la cara como piñata mal amarrada.

El Observatorio en Salud Sexual y Reproductiva dice que nueve de cada diez de estas niñas menores de 14 ya no vuelven a pisar un aula. O sea, adiós sueños, hola pañalera. Pasa más en Alta Verapaz, Huehuetenango, Quiché, donde la pobreza extrema y el machismo mal digerido son una dupla infernal. En mis días de candidato, vi pueblos donde la justicia es como el Wi-Fi: todos juran que existe, pero intentas conectarte y te quedas viendo la pared. Esto no es solo números, es una cachetada a lo que decimos defender como país.

El 90% de los agresores son de la casa o la esquina: papá, tío, el vecino que te presta sal y de paso te arruina la vida. ¿Y nosotros qué hacemos? Nada, porque solo el 3% de las denuncias llega a sentencia. En algunos lados todavía «arreglan» el asunto casando a la niña con el abusador. Qué romántico, ¿no? Una telenovela barata, pero sin aplausos al final. Si los padres no enseñamos desde chiquitos qué es el respeto, el valor del cuerpo y el precio de cruzar la línea, estamos criando al próximo monstruo de la colonia, y después no nos quejemos.

Soy papá antes que cualquier otra cosa. Mis hijos ya son grandes, pero imaginar a una de estas niñas como si fuera mía me hace apretar los dientes de pura rabia. Llevo años con Teletón viendo cómo los más vulnerables —sobre todo los niños con discapacidad— son los que más sufren estos horrores. Sí, aunque no lo crean, muchos son abusados por los que deberían cuidarlos, amarlos, protegerlos. Y no es solo eso: la trata de personas está creciendo como hongo en pared húmeda, y muchas de estas niñas, especialmente las más frágiles, terminan en esas redes del infierno. En México y en otros países de Latinoamérica ya hay iniciativas ciudadanas que le entran duro a prevenir la trata, y yo me pregunto: ¿Y nosotros qué? ¿Seguimos viendo Netflix mientras el mundo se lleva a nuestras niñas y niños? Nos llenamos la boca hablando de valores, pero a la hora de actuar, el silencio pesa más que la indignación.

Guatemala no va a cambiar porque el Congreso descubra la vergüenza o porque alguien tuitee algo bonito desde un iPhone último modelo. Va a cambiar si nosotros —sí, vos, yo, el vecino que no es un indiferente— dejamos de ser espectadores de lujo. Por eso quiero tirar una idea al ring: una organización, digamos Raíces Fuertes, que saque a estas niñas del hoyo, les dé un futuro y eduque sobre la trata de personas para que dejemos de criar víctimas. Imaginate: un lugar donde las niñas y niños más vulnerables —muchos con discapacidad— encuentren refugio, y las familias aprendan a blindarse contra lo peor de la humanidad. Una casa, una red, una escuela para sanar heridas invisibles y romper cadenas de abuso. Yo pongo la idea, vos ponés las ganas, y entre todos dejamos de contar tragedias para empezar a contar victorias. ¿Te apuntás o seguís en la banca haciendo memes del precio del tomate?» Porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién? Y si no es ahora, ¿cuándo?

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