«De mi padre al tuyo: un reconocimiento al amor paterno»

Hoy amanecí pensando en mi papá. Últimamente, he estado reflexionando mucho sobre la masculinidad, el rol de los padres y mi propia experiencia como padre. En ese proceso, me he dado cuenta de que, durante años, fui injusto con él. Siempre lo vi como un hombre frío —un hombre bueno, trabajador, de valores firmes, pero distante. Soy una persona emotiva, de esas que expresan lo que sienten sin reparos, y por eso siempre sentí que mi papá estaba a la sombra del amor inmenso, la fuerza y la presencia de mi mamá. Pero hoy, desde una perspectiva más madura, entiendo que, en su aparente lejanía, mi padre siempre estuvo allí. Está en mí: en lo que soy, en lo que hago, en lo que digo. En mi esencia.

Su amor fue silencioso, casi nunca reconocido, pero sus esfuerzos me dieron todo lo que he tenido. Junto a mi mamá, me dio un hogar seguro, comida en la mesa, educación, momentos de recreación y, en muchos casos, oportunidades y lujos que no todos tienen. Pero, más allá de lo material, me dio algo invaluable: un padre. Durante mi paso por Teletón, he sido testigo del amor inmenso de las madres, un amor que todos celebran. También he visto el vacío que deja la ausencia de un padre en la vida de muchos niños. Porque un papá no es solo quien engendra; es quien está presente, con sus virtudes y sus defectos, pero presente.

Mi papá y yo somos distintos en muchas cosas. Él, un intelectual; yo, más inclinado al deporte. Él, de una religión; yo, de otra. Él, con una visión del mundo y de la política que a veces choca con la mía. Hemos discutido, nos hemos enfrentado, pero también hemos compartido momentos de apoyo mutuo. A pesar de nuestras diferencias, hoy puedo decir con gratitud que mi papá siempre ha estado. Tener la oportunidad de conocerlo de cerca, de analizar su vida, de pelear con él y de estar ahí cuando me ha necesitado es un regalo que llevaré conmigo siempre.

Hoy, a mis 52 años, veo en él cualidades que admiro profundamente y que me gustaría emular: su capacidad para controlar sus emociones, el amor y la paciencia que ha mostrado hacia tantas personas, su habilidad para reflexionar antes de actuar y, sobre todo, su inquebrantable altura moral. Hay un recuerdo de mi infancia que nunca olvidaré. Íbamos en el carro, toda la familia, por la Calzada Roosevelt, una vía principal siempre concurrida. De repente, un «bolito» bajó corriendo de una camioneta y, sin dudarlo, se cruzó la carretera. En un instante, impactó su cabeza contra el parabrisas del carro de mi papá. Todo fue caos y tensión al principio. Quienes conocen esa vía saben que detenerse de inmediato es casi imposible, y mi papá no lo hizo. Pero, tras avanzar un par de kilómetros, notamos que se desviaba del camino. En silencio, todos nos preguntábamos: ¿a dónde va? Resulta que mi papá, desafiando esa mentalidad tan arraigada en algunos de “salirse con la suya”, condujo voluntariamente hasta una estación de policía. Informó lo sucedido con total transparencia y se puso a disposición de las autoridades. En Guatemala, sin importar las circunstancias —y en este caso, el hombre estaba claramente alcoholizado y fue imprudente al cruzar—, el conductor suele llevar la culpa. Sin embargo, mi papá enfrentó la situación con valentía y valores inquebrantables. No solo eso: también pagó el tratamiento médico del hombre, quien, recuerdo, salió ileso, tal vez ayudado por la “flexibilidad” de los tragos. Ese día, nos dio una lección imborrable: en los momentos difíciles se ve de qué están hechas las personas. Años después, cuando me ha tocado enfrentar situaciones complicadas, he intentado seguir su ejemplo, buscando siempre actuar con integridad y dejar una enseñanza para mis propios hijos, esperando que algún día la reconozcan.

Sin embargo, me preocupa profundamente cómo se desdibuja el rol del hombre y del padre en nuestra sociedad. La familia, ese núcleo que sostiene cualquier comunidad sana, parece perder el valor de la figura paterna. Hoy, a veces se espera que el hombre sea una especie de “mujer masculina”, sensible al extremo, como si la fortaleza, la disciplina o la contención fueran defectos. No me malinterpreten: la sensibilidad es valiosa, pero reducir la masculinidad a una imitación de lo femenino ignora la riqueza de lo que significa ser hombre. Veo con tristeza cómo se cuestiona la autoridad paterna: corregir a los hijos, algo esencial para su formación, se tacha de “abuso” o “toxicidad”. Se habla de “derechos” sin reconocer que la disciplina, ya sea firme o suave, es una expresión de amor y responsabilidad. También me inquieta cómo se mide el valor de un padre por su capacidad de proveer materialmente, como si fuera un “cajero automático”, mientras se subestima su rol como guía, protector y modelo. Esta desnaturalización de la masculinidad no solo afecta a los padres, sino a los hijos que crecen sin referencias claras de lo que significa ser hombre. En un mundo que celebra la fluidez y la igualdad, corremos el riesgo de olvidar que las diferencias entre hombres y mujeres no son un problema, sino una fortaleza que enriquece a la familia y a la sociedad. La masculinidad, en su esencia, no es tóxica ni obsoleta; es un pilar que, bien entendido, aporta equilibrio, seguridad y propósito. Cuando desvalorizamos ese rol, dejamos a las nuevas generaciones sin un ancla fundamental.

A mis 52 años, miro atrás y veo que el éxito de mi papá no se mide por lo que nos dio materialmente, sino por su presencia. Callado, a veces emocionalmente distante —quizás porque no tuvo un modelo que le enseñara otra forma—, pero siempre ahí, para mis hermanas y para mí. Ahora, con más de 80 años, sé que el final del camino, ese al que todos llegaremos sin importar creencias o riquezas, está más cerca. Por eso, hoy quiero agradecerle. Le agradezco muchas cosas, pero, sobre todo, le agradezco ser mi padre. No todos tienen esa bendición, y a veces, los que la tenemos nos perdemos en nuestras propias luchas sin valorar el regalo de la paternidad.

Hay muchos días para celebrar a las mujeres y a las madres, pero pocos para los hombres y los padres. Hoy, sin un motivo especial, quiero rendir homenaje al mío y a los miles de padres que luchan cada día por sus hijos. Su rol es valioso, es esencial. Gracias, papá, por estar.

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